The CIRCUS

_ ¿Quiere otro café? Aquella voz sonó muy lejana, como si se tratara de un sueño.

_ Disculpe señor, ¿quiere otro café? De repente alcé la mirada, y ante mí se encontraba una chica joven con un delantal ajustado a la cintura y una cafetera en la mano derecha.

_ Sí, perdona, otro cortado con sacarina.

Después de verter en mi taza aquel liquido marrón; demasiado aguado para las pocas horas de sueño que llevaba acumuladas; se dio media vuelta y siguió hacia la siguiente mesa donde se encontraba una pareja muy poco habladora, ya entrada en rutina. Volví a mirar mi reloj, las seis y media. El tiempo pasaba con una lentitud exasperante, la media hora que llevaba esperando me estaban pareciendo años, impaciente como estaba por la llegada de Celia.

De repente se abrió la puerta, y como si hubiese adivinado mis pensamientos, entró ella, tan grácil y bella como siempre. Recorrió el largo de la cafetería hasta llegar a la mesa donde estaba sentado con mi café, dejando tras de sí su presencia en forma de perfume de Álvarez Gómez. La reacción del resto de personas allí presentes fue la habitual; los hombres se giraban, al borde de un golpe de torticolis a admirar su belleza, y las mujeres, curiosas, miraban disimuladamente en busca del secreto que podía encerrar aquella mujer. Me dio un rápido beso en la mejilla y se sentó enfrente.

_ Siento llegar tarde, ¿Cómo estás? Me tomé mi tiempo para responder, seguía un poco en las nubes cuando llegó.

_ Bien, ¿quieres tomar algo? Aunque vamos a llegar tarde.

_ He pasado por casa de mi tía al venir y he tomado unas pastas allí, vamos yendo no vaya a ser que nos quedemos sin entradas. Y sin esperar a que pudiera decir nada, se levantó. En el tiempo que se puso de nuevo el abrigo bebí de un sorbo lo que quedaba del café, y me coloqué también la chaqueta.

Salimos de la cafetería enfrente de la estación de Atocha y fuimos dando un paseo hasta el cine Doré. Durante el camino Celia me contó la infinidad de cosas que le habían pasado durante el día, y como siempre, sonriente y vivaz. Para ella haberse topado por la calle con una banda de músicos tocando, o que el vendedor de la droguería le regalara una muestra de su perfume favorito suponía que el mundo era increíble, he ahí el secreto de la felicidad que daría respuesta a las curiosas mujeres que se giraban tras su paso.

Llegamos a la taquilla del cine, que cumplía su trigésimo aniversario desde su apertura en 1912, no había cola para ninguna película. La posguerra estaba haciendo estragos en las familias, y pocas podían permitirse el lujo de pagar una entrada. Compré dos para “The circus” de Charles Chaplin y entramos en la sala. Los sitios que había escogido estaban en pleno centro del patio de butacas. Los asientos de la parte de arriba eran más cómodos y caros, pero a pesar de poder pagar por su precio, siempre nos gustaba estar abajo desde donde podías escuchar la risa de los niños o fijarte en las expresiones de los demás al ver la película.

 

Las luces se apagaron y la película comenzó. Solo con el comienzo de ésta, todas las personas que había en el cine se reían a carcajadas, Celia y yo incluidos. No parábamos de reír cuando a la mitad de la película giré la cabeza para mirarla. Sus ojos brillaban casi más que el proyector situado a nuestras espaldas, entre golpe y golpe de risa no dejaba de sonreír y su expresión se quedaba en muchas ocasiones boquiabierta con una comisura hacia arriba.

Cuando finalmente salieron las letras de “Fin” y se encendieron las luces, se giró hacia mí y me dijo:

_ Ha sido maravillosa, ¿no te parece? Aunque me había perdido muchas escenas, asentí con la cabeza y respondí que Chaplin era un verdadero artista.

Al salir del cine diluviaba y con un taxi la dejé en su casa. Al bajar, la acompañé al portal, y tras asegurarme de que se quedaba a salvo, me fui andando hacia mi propia casa bajo la lluvia.

La mañana siguiente, decidí ir hacia casa de Celia a darle una sorpresa y disculparme por no haber estado muy activo el día anterior. Salí de casa; hacía un frio que me congelaba los huesos; subí las escaleras a todo correr, impaciente por verla. Al llegar al tercer piso y girarme hacia su portal vi como la madre hablaba llorando desconsoladamente con una vecina. Me acerqué y pregunté qué había pasado, pensando que quizá había muerto algún familiar cercano. La madre de Celia me miró y empezó a llorar aún más fuerte; el tiempo transcurrido hasta que finalmente habló pasaron como décadas, mis piernas casi no me sostenían cuando me dijo;

_ Es Celia, se la han llevado.

Mis piernas dejaron de funcionar del todo y me derrumbé. Había muchas preguntas en mi mente, Quién podría hacer algo así y por qué… pero no me interesaba saber nada de eso en aquel instante.

Celia ya no estaba, y era algo con lo que iba a tener que cargar toda mi vida.

***

“¡Qué tarde se me ha hecho!” pensé mientras miraba el reloj. Las agujas marcaban las seis y media y en poco más de media hora tenía que cruzar medio Madrid para llegar a Atocha a la sesión de las siete en el cine Doré. Me puse una chaqueta y salí de casa a todo correr. Como siempre ocurre cuando se tiene prisa; la tarjeta del abono había caducado justo hoy y el metro se había ido justo al terminar de bajar las escaleras dejando los pulmones fuera de la boca de metro después de toda la carrera.

Al llegar al cine, entramos directamente a la sala, ya habíamos comprado las entradas por internet para ahorrarnos esperas y poder coger sitio en el centro del patio de butacas ya que la sala estaba sin numerar. El cine tenía un encanto especial, en la pintura de las paredes y la madera carcomida se podía ver el paso de los años. Era increíble ver como un cine podía tener más de cien años en pleno centro de Madrid, y resistir a los centros comerciales con veinte salas diferentes de cine en la que echan cada día una docena de películas diferentes.

 

Cuando ya estábamos asentados en las butacas, un anciano nos pidió amablemente si podía pasar y ocupar el asiento que quedaba a nuestra derecha. Cuando se sentó a mi lado pude vislumbrar en sus facciones, y en los pliegues que ya ocupaban gran parte de su rostro, el paso del tiempo, no bajaba de los ochenta años y tenía la respiración entrecortada, pero parecía estar sano para la edad que tenía. Su expresión era seria pero su mirada desbordaba amabilidad y sabiduría.

Me había quedado embobada, y dejé de mirar por temor a que pudiera tomarlo como mala educación. La película tardaba en empezar, y no cabía un alfiler, los niños, que eran la gran mayoría, esperaban el comienzo sin dejar de jugar con el móvil, tablet y derivados. Cuando por fin se apagaron las luces, los padres fueron recogiendo una a una las maquinitas y la sala se quedó completamente a oscuras.

Se encendió el proyector y en la pantalla apareció en letras grandes: “The Circus”, Charles Chaplin. Empezó la película y en cuanto salieron las primeras imágenes en blanco y negro se fueron oyendo comentarios como “¡Oh no!, que rollo…” provenientes de voces pueriles, lo que causó una carcajada al unísono en toda la sala. Pero a medida que avanzaba la trama, cada vez se oían más y más risas, provenientes de los niños, de los jóvenes, y sobre todo de los adultos, que a pesar de haberla visto ya, la gran mayoría no podía evitar reírse cada vez que Chaplin hacía una de las suyas.

En un momento, mi mente salió de la película y me fijé por el rabillo del ojo en el hombre a mi derecha, del cual ya casi me había olvidado. Tenía las manos entrelazadas sobre sus rodillas, y miraba absorto el filme. Justo en ese momento, a causa de una caída del actor, y acompañado de las risas de todo el cine, el hombre sonrió y de su boca se escapó una débil risa imperceptible para el resto de las personas que allí se encontraban. Sus ojos estaban vidriosos; o eso me pareció; y su sonrisa era de lo más tierno que había visto nunca. Seguí disfrutando de la película, pero no podía evitar mirar disimuladamente cada vez que ocurría algo que pudiera hacerle sonreír.

Cuando salieron los títulos de crédito, y la palabra “Fin”, las luces se encendieron y todo el cine empezó a aplaudir. Al segundo y medio, los niños volvían a sus móviles, y los padres también. La vida volvió a ser de color, y habíamos vuelto al dos mil catorce, aunque yo tuviera la extraña sensación de haber vivido durante hora y media, muchos años atrás.

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